lunes, 3 de marzo de 2014


VI. HISTORIA DE ESPAÑA

 

 

Por la extensión e importancia del tema, vamos a limitarnos a mencionar los principales hitos acaecidos en la formación del Reino de España que nos permitan hacernos una visión de conjunto.

 

En  el siglo quinto antes de Cristo el historiador griego Herodoto se refiere al mítico reino de Tartessos y a su rey Argantonio, supuestamente ubicado en la costa suroeste de la Península Ibérica, en lo que parece ser la primera mención histórica del territorio. No obstante, los primeros escritos que se refieren a ella sin ningún género de duda corresponden al año 211 A.C. cuando aparece en la Historia con motivo de la decisión de la República Romana de trasladar su frente de guerra con Cartago a dicha Península enviando para ello a Publio Cornelio Escipión el Africano.

Los griegos daban a este territorio el nombre de Iberia debido a que estaba cruzada por el río Íber, que se identifica con el actual río Ebro. Los romanos, por su parte, denominaron Hispania a la Península, nombre al parecer de origen fenicio que significa “tierra de conejos”

Nuestras primeras referencias escritas proceden de los informes enviados por los distintos generales, pretores o gobernadores al Senado Romano. Por ellos conocemos el nombre de algunas de las distintas tribus que poblaban este territorio y que fueron, de forma un tanto anacrónica, divididas en dos grandes grupos: los de la zona levantina, ya conocidos como iberos y los del interior a los que se les identificó como celtas debido a que su cultura era distinta de los anteriores. Incluso para explicar algunas discordancias se adoptó un tercer grupo al que se le llamó celtíberos. Englobaron en estos grandes grupos a pueblos de características muy distintas como pueden ser los vascones y los vettones.

La conquista romana prosiguió su curso tras la derrota de los cartagineses y terminaron por imponer su dominio absoluto del territorio en época del Emperador César Augusto, quien en el año 19 A.C. considera concluida la pacificación de Hispania. Siguiendo su costumbre, los romanos no se limitaron a ejercer el gobierno del nuevo territorio sino que se apropiaron de todas las tierras que fueron repartidas en lotes a los legionarios que se licenciaban con lo que lograban, en primer lugar, el agradecimiento de sus soldados y después el mantenimiento de unas fuerzas de reserva que pudieran ayudar a la legión en caso de ser necesario. Estas parcelas tenían una extensión variable desde las más pequeñas de 40.000 metros cuadrados, superficie que se estimaba el mínimo para la subsistencia de una familia y que podía ser trabajada por dos esclavos hasta  alcanzabar la calificación de latifundios. La población indígena fue concentrada en castros emplazados en las inmediaciones de las explotaciones mineras en las que eran obligados a trabajar.

En el año 298, el Emperador Diocleciano, a consecuencia de la invasión de francos y alamanes en torno al año 265, reorganiza su división administrativa y establece cinco provincias que se llamaron: Tarraconense, Bética, Lusitana, Cartaginense y Gallaecia-Asturias.

En el año 409 se produce la invasión por parte de los suevos, alanos y vándalos que no puede ser impedida por las legiones romanas. En el año 418 el Emperador Honorio encarga a los visigodos la expulsión de los invasores concediéndole el territorio liberado como asentamiento en calidad de reino. Geográficamente llegó a suponer la parte sudoeste de la Galia y  la mayor parte del territorio de la península ibérica. Este territorio se llamó “Reino de Tolosa” que decaería en el llamado “Reino de Toledo” cuando los francos les arrebatan los territorios ubicados en la actual Francia. Los visigodos expropiaron a los terratenientes romanos 2/3 de la extensión de cada latifundio (por algo eran amigos de Roma). Este es el motivo por el que su principal área de asentamiento fuera lo que hoy conocemos como la Tierra de Campos.

A pesar de que los visigodos vencieron rápidamente y expulsaron a los vándalos y alanos, no pudieron hacer lo mismo con los suevos que habían fundado el  “Reino Suevo” en el territorio cuyos límites coincidían con la antigua provincia Gallaecia y que alcanzaba hasta el territorio de los vascones en los Pirineos. El siguiente mapa, tomado de Wikipedia, muestra los territorios de las provincias romanas en el año 298.

http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/0/09/Provincias_de_la_Hispania_Romana_%28Diocleciano%29.svg/250px-Provincias_de_la_Hispania_Romana_%28Diocleciano%29.svg.png

 

Y éste, también tomado de Wikipedia, muestra el territorio del Reino Suevo:

http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/3/3e/Reino_suevo.svg/12353px-Reino_suevo.svg.png

 

 

 

 

 

 

 

El siguiente gráfico muestra la provincia romana de Gallaecia:

File:Gallaecia-Dioclecianus.png

Estaba dividido en tres conventos metropolitanos, siguiendo la estructura administrativa romana, cuyas capitales estaban en Braga, Lugo y Astorga.

Los visigodos se preocuparon por controlar los territorios con mayor riqueza agrícola (los llamados Campos Góticos, hoy Tierra de Campos) y establecieron su capital en la ciudad de Toledo por estar situada en el centro de la península.

Las relaciones entre suevos y visigodos fueron de respeto aunque no exentas de algún enfrentamiento armado. Ya el primer rey visigodo (Teodorico I) estableció una alianza estratégica con los suevos al pedir que el rey de éstos (Requiario) se case con su hija. Es un caso que habría de repetirse en la historia de los dos reinos. Sin embargo había una diferencia insalvable entre ambos pueblos: los suevos eran católicos y se mezclaban con los anteriores pobladores de su territorio mientras que los visigodos eran arrianos y practicaban una política de aislamiento respecto a sus súbditos.

El reino suevo terminó por ser conquistado por el rey visigodo Leovigildo en los años 575-576, llegando así a su fin y permaneciendo toda la Península bajo la autoridad de un solo Rey.

En el año 711, los musulmanes del Califato Omeya invadieron la Península Ibérica y en el año 720 completaron la ocupación de la misma. En el año 722 se produce la batalla de Covadonga que da origen a la llamada Reconquista.

Conocemos la historia de los hechos acaecidos en dicha época por la llamada Crónica Albeldense, redactada en tiempos del rey Alfonso III El Magno (en el año 881), es decir 150 años después de la muerte de Don Pelayo. Otras crónicas soy muy posteriores y están claramente manipuladas.

En uno de los tres Conventos en que se dividía la Gallaecia (“Convento Asturum de la Gallaecia”), se inició una revuelta que los musulmanes no pudieron sofocar y que estaba liderada por Don Pelayo.

Esta sublevación, al Este de la provincia visigótica de Gallaecia (cuyos límites geográficos coincidían con los de la provincia romana del mismo nombre), estuvo motivada por la conjunción de dos componentes:

  1. El religioso, con la discusión sobre la adopción o divinidad de Jesucristo entre el Beato de Liébana y Heterio por un lado y el Arzobispo de Toledo, Elipando, por otro.
  2. El personal, por el asesinato del padre de Pelayo, el Dux Favila (o Fafila) a manos de Witiza.

Aunque los musulmanes consideraban que seguía existiendo un solo reino dividido en dos confesiones religiosas (cristiana al norte y musulmana al sur), la realidad era más complicada: los cristianos seguían teniendo a su líder religioso (Elipando) como Arzobispo de Toledo, mientras que en los territorios del norte se seguía la línea doctrinal del Beato de Liébana. Entre ambos se había declarado un conflicto insalvable en torno a la doctrina herética de los adopcionistas (según la cual Jesucristo no sería hijo de Dios, sino que habría sido elegido por éste para llevar a cabo su labor), defendida por Elipando. El Beato defendía, por su parte, la divinidad de Jesucristo, opinión que acabaría siendo compartida por toda la cristiandad. De hecho el adopcionismo fue condenado en el Concilio de Nicea en el año 787. Como quiera que los musulmanes no hacían proselitismo y toleraban de buen grado la independencia religiosa de sus súbditos, si hay que considerar la Reconquista como una guerra de religión sería entre dos sectas cristianas, como anteriormente lo habían sido las luchas entre arriano y católicos y posteriormente lo sería entre los católicos y los luteranos.

El conflicto religioso va a suponer la ruptura de la provincia de Gallaecia  (que se convertirá en el reducto de la ortodoxia religiosa) con Toledo (que pretende asumir las innovaciones proislámicas).

En el año 832, el rey Alfonso II es designado como “totius Galletiae rex” (Rey de toda la Gallaecia) en los Annales Regni Francorum. Y, después de todo lo anterior, no nos sorprenderá conocer los límites del Reino de León en época de Alfonso III El Magno (el mapa, como los anteriores, está obtenido de Wikipedia):

File:España910.jpg

 

La rebelión cobra cuerpo y extiende su territorio hasta el rio Duero y hoy conocemos esta entidad territorial y religiosa como Reino de León.

En el año 1065, el Reino de León se divide para formar el Reino de Castilla que será entregado a Sancho II con lo que entonces era el condado de Castilla y que comprendía los territorios anteriormente pertenecientes a la provincia Tarraconense. Su hermano Alfonso VI entra en guerra con él y vuelve a unificar los reinos, declarándose (y siendo así reconocido por el Papa Gregorio VII) «Emperador de los Reinos Hispanos». Sin embargo, durante su reinado, Portugal se independizará creando un reino gobernado por su hija Teresa, que estaba casada con Enrique de Borgoña. Y al fallecimiento del rey Alfonso VI nuevamente se vuelven a dividir los dos reinos correspondiendo el de León a su hijo Fernando II (territorio de la provincia Gallaecia) y el de Castilla a Sancho III (territorio de la provincia Tarraconense).

http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/3/33/Pen%C3%ADnsula_ib%C3%A9rica_1037.svg/300px-Pen%C3%ADnsula_ib%C3%A9rica_1037.svg.png

La existencia independiente de los dos reinos continuó hasta que Fernando III El Santo, rey de Castilla (e hijo del rey Alfonso IX de León) compra el reino de León a sus medio-hermanas Sancha y Dulce convenciéndolas de la inconveniencia de librar una guerra para conseguir su objetivo con el argumento de que al ser mujeres no podían encabezar un ejército y ningún noble iba a hacerlo si no era en su propio beneficio. Por este pacto, el Reino de León quedaba subordinado al Reino de Castilla, aunque el rey Fernando supo atraerse a los nobles leoneses implicándoles en la conquista de Sevilla y otorgándoles tierras en Andalucía que serían el origen de los actuales latifundios.

 Le sucedió su hijo Alfonso X El Sabio quien tuvo que hacer frente a la revolución de los nobles que le exigían concederles mayor participación en los ingresos de la Corona y su renuncia a la política centralizadora, en definitiva la potenciación del sistema feudal por el que los nobles eran dueños de un territorio y de todo lo que en él se encontrara, fueran hombres o animales. Así la organización social quedaba estructurada de la siguiente forma:

  • La alta nobleza, poseedora de  los latifundios.
  • El clero. Las órdenes religiosas son terratenientes y son auténticos señores feudales como los nobles.
  • El estado llano: compuesto por

  1. Los hidalgos que ejercen los oficios manuales y administrativos y, como labradores, cultivan su propia tierra. Pueden elegir entre vivir en tierras pertenecientes al rey o a cualquiera de los nobles.
  2. Los pecheros o siervos de la gleba que no pueden abandonar las tierras del noble sin pagar antes un rescate. Son los que trabajan y pagan impuestos.

Con él comienza una época en que el poder de los reyes disminuyó enormemente mientras que aumentaba en la misma medida el de los señores feudales, representados por la alta nobleza (duques, marqueses y condes) y el clero.

Alfonso X introdujo el Derecho Romano mediante el Código de las Siete Partidas que suprimía los usos y costumbres vigentes en sus diversos territorios y los supeditaba al nuevo código legal e instauró el Consejo de la Mesta, gremio ganadero que habría de tener gran importancia en el desarrollo de la vida social en el reino de Castilla y León. En este momento de la Historia el Reino de León ya se encontraba claramente subordinado al Reino de Castilla.

Finalmente, su hijo Sancho y buena parte de la nobleza del reino se rebelaron, llegando a desposeer a Alfonso X de sus poderes, aunque no del título de rey (1282). Sancho se alzó como rey sin respetar la voluntad de su padre y fue coronado en Toledo el 30 de abril de 1284. Fue reconocido por la mayoría de los pueblos y de los nobles, aunque durante todo su reinado hubo luchas internas y peleas por alcanzar el poder.

Sancho murió en 1295, y en abril de 1296 su hermano el infante Juan fue proclamado rey de León, de Sevilla y de Galicia, título al que renunció en las Cortes de Valladolid de 1300.

Más al Este, durante el siglo X, los vascones constituyen en los terrenos de la ciudad de Pamplona y sus alrededores lo que los Annales regni Francorum denominan “Reino de Pamplona”, que se expandirá tanto al sur en territorios musulmanes como al norte de los Pirineos y será posteriormente conocido como “Reino de Navarra”.

Y aún más Este, el Imperio Carolingio ocupa el territorio peninsular hasta el rio Ebro y crea la llamada “Marca Hispánica”, y que en 1035 dará origen al Reino de Aragón.

En 1512, el rey de Aragón Fernando el Católico conquistó militarmente el reino de Navarra, que quedó integrado en el de Castilla. Así, al producirse la conquista de Granada y el fin de la Reconquista en 1492, En la Península Ibérica había tres reinos independientes: Castilla, Aragón y Portugal. Al fallecimiento de Isabel La Católica, tanto el reino de Castilla como el de Navarra pasaron a su hija Juana I que fue declarada loca por su padre con el fin de ser él quien ejerciera el gobierno en calidad de regente. Y así lo hizo hasta que el marido de Juana (Felipe el Hermoso) reclamó para sí y obtuvo el derecho de regencia.

El hijo de Juana y Felipe (Carlos V) usurpó el título de Rey estando viva su madre y no habiendo abdicado, por lo que seguía siendo la legítima reina. Tuvo que hacerlo así para imponer fuertes tributos (las Cortes de Valladolid a la vez que le reconocían como Rey junto a su madre, le otorgaban 600.000 ducados. Las Cortes de Aragón, 200.000 libras y las Cortes Catalanas 300.000 libras) que le permitieran sobornar a los príncipes que habría de elegir al nuevo Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

España, como entidad jurídica propia, nace al abdicar Carlos V y retirarse al Monasterio de Yuste, repartiendo sus reinos entre su hermano Fernando (al que dejó el gobierno imperial) y su hijo Felipe II el de España y las Indias (amén de otras propiedades como Flandes, Nápoles o Sicilia). En por eso que el Estado Español nace en forma de Imperio en el año 1556.

Este estado de cosas (con ciertas pérdidas territoriales) pervivió hasta el año 1713 en el que por el Tratado de Utrecht perdía sus posesiones en Europa y el monopolio del comercio con sus posesiones americanas, además de las plazas de Gibraltar y Menorca (ésta volvería a dominio español), que pasaban a manos británicas. También en esa época dejaba de ser un Imperio para convertirse en el REINO DE ESPAÑA, mediante los Decretos de Nueva Planta.

A partir de la Guerra de la Independencia (1808) y hasta la guerra con Estados Unidos (1898) España perdió el resto de su territorio situado fuera de Península Ibérica excepto las Islas Baleares, las Islas Canarias y los territorios en el Norte de África. Bien es cierto que en 1904 la conferencia de Algeciras le otorgó el protectorado de una parte de Marruecos y la colonización de otras zonas en África pero todos esos territorios recuperaron su independencia o pasaron a depender de otros países (como fue el caso de Ifni y Sahara) a lo largo del siglo XX.

 

 

 

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