sábado, 26 de abril de 2014

La Plusvalía marxista


XIV. El concepto de Plusvalía en la obra de Carlos Marx

 

 

Al ser la fuerza motriz de la obra que dará lugar al concepto de lucha de clases y al estudio del dominio del capitalismo sobre la clase trabajadora, el concepto de Plusvalía es tratado desde el principio en su obra “El Capital”, concretamente en el tomo I.

En su segundo capítulo, en relación al atesoramiento del dinero, dice lo siguiente:

En cuanto comienza a desarrollarse la circulación de mercancías, comienza a desarrollarse también la necesidad y la pasión de retener el producto de la primera metamorfosis, la forma transfigurada de la mercancía, o sea su crisálida dinero.

Ahora, las mercancías se venden, no para comprar con su producto otras, sino para sustituir la forma mercancía por la forma dinero. De simple agente mediador del metabolismo, este cambio de forma se convierte en fin supremo. La forma enajenada de la mercancía tropieza con un obstáculo que le impide funcionar como su forma absolutamente enajenable, como su forma dinero, llamada constantemente a desaparecer. El dinero se petrifica,  convirtiéndose en tesoro, y el vendedor de mercancías en atesorador.

Se refiere a la llamada Ley de Say, según la cual “cuando un productor termina un producto, su mayor deseo es venderlo, para que el valor de dicho producto no permanezca improductivo en sus manos. Pero no está menos apresurado por deshacerse del dinero que le provee su venta, para que el valor del dinero tampoco quede improductivo. Ahora bien, no podemos deshacernos del dinero más que motivados por el deseo de comprar un producto cualquiera. Vemos entonces que el simple hecho de la formación de un producto abre, desde ese preciso instante, un mercado a otros productos.”.

Se ha venido entendiendo de la Ley de Say dos cosas:

1.            Que no puede haber demanda sin oferta. O dicho de otra forma toda oferta genera su propia demanda, y

2.            Que la oferta de un determinado producto genera la demanda de otros productos.

Marx entiende que el dinero puede convertirse en un producto en sí mismo y ser objeto del deseo de ser atesorado.

Dedica el capítulo IV a explicar cómo se transforma el dinero en capital y en el Capítulo V ya trata de la producción de la plusvalía.

Dice literalmente lo siguiente:

El producto es propiedad del capitalista y no del productor directo, es decir, del obrero. El capitalista paga, por ejemplo, el valor de un día de fuerza de trabajo. Es, por tanto, dueño de utilizar como le convenga, durante un día, el uso de esa fuerza de trabajo, ni más ni menos que el de otra mercancía cualquiera, v. gr. el de un caballo que alquilase durante un día. El uso de la mercancía pertenece a su comprador, y el poseedor de la fuerza de trabajo sólo puede entregar a éste el valor de uso que le ha vendido entregándole su trabajo. Desde el instante en que pisa el taller del capitalista, el valor de uso de su fuerza de trabajo, y por tanto su uso, o sea, el trabajo, le pertenece a éste. Al comprar la fuerza de trabajo, el capitalista incorpora el trabajo del obrero, como fermento vivo, a los elementos muertos de creación del producto, propiedad suya también. Desde su Punto de vista, el proceso de  trabajo no es más que el consumo de la mercancía fuerza de trabajo comprada por él, si bien sólo la puede consumir facilitándole medios de producción. El proceso de trabajo es un proceso entre objetos comprados por el capitalista, entre objetos pertenecientes a él Y el producto de este proceso le pertenece, por tanto, a él, al capitalista.

Y pone un ejemplo muy significativo de lo que entiende por plusvalía:

Para poder crear valor, ha de invertirse siempre en forma útil. Pero el factor decisivo es el valor de uso específico de esta mercancía, que le permite ser fuente de valor, y de más valor que el que ella misma tiene. He aquí el servicio específico que de ella espera el capitalista. Y, al hacerlo, éste no se desvía ni un ápice de las leyes eternas del cambio de mercancías. En efecto, el vendedor de la fuerza de trabajo, al igual que el de cualquier otra mercancía, realiza su valor de cambio y enajena su valor de uso. No puede obtener el primero sin desprenderse del segundo. El valor de uso de la fuerza de trabajo, o sea, el trabajo mismo, deja de pertenecer a su vendedor, ni más ni menos que al aceitero deja de pertenecerle el valor de uso del aceite que vende. El poseedor del dinero paga el valor de un día de fuerza de trabajo: le pertenece, por tanto, el uso de esta fuerza de trabajo durante un día, el trabajo de una jornada. El hecho de que la diaria conservación de la fuerza de trabajo no suponga más costo que el de media jornada de trabajo, a pesar de poder funcionar, trabajar, durante un día entero; es decir, el hecho de que el valor creado por su uso durante un día sea el doble del valor diario que encierra, es una suerte bastante grande para el comprador, pero no supone, ni mucho menos, ningún atropello que se cometa contra el vendedor.

Nuestro capitalista había previsto el caso, con una sonrisa de satisfacción. Por eso el obrero se encuentra en el taller con los medios de producción necesarios, no para un proceso de trabajo de seis horas, sino de doce. Si 10 libras de algodón absorbían seis horas de trabajo y se transformaban en 10 libras de hilado, 20 libras de algodón absorberán doce horas de trabajo y se convertirán en 20 libras de hilado. Analicemos el producto de este proceso de trabajo prolongado.

Ahora, en las 20 libras de hilo se materializan 5 jornadas de trabajo: 4 en la masa de algodón y de husos consumida y 1 en el trabajo absorbido por el algodón durante el proceso de la hilatura. La expresión en oro de 5 jornadas de trabajo son 30 chelines, o sea, 1 libra esterlina y 10 chelines. Tal es, por tanto, el precio de las 20 libras de hilo. La libra de hilo sigue costando 1 chelín y 6 peniques. Pero, la suma de valor de las mercancías que alimentan el proceso representaba 27 chelines.

El valor del hilo representa 30. Por tanto, el valor del producto excede en 1/9 del valor desembolsado para su producción.

Los 27 chelines se convierten en 30. Arrojan una plusvalía de 3 chelines. Por fin, la jugada maestra ha dado sus frutos. El dinero se ha convertido en capital.

El proceso de consumo de la fuerza de trabajo, que es al mismo tiempo proceso de producción de la mercancía, arroja un producto de 20 libras de hilo, que representan un valor de 30 chelines. El capitalista retorna al mercado a vender su mercancía, después de haber comprado las de otros. Vende la libra de hilo a 1 chelín y 6 peniques, ni un céntimo por encima o por debajo de su valor. Y, sin embargo, saca de la circulación 3 chelines más de lo que invirtió en ella al comenzar. Y todo este proceso, la transformación de dinero en capital, se opera en la órbita de la circulación y no se opera en ella. Se opera por medio de la circulación, pues está condicionado por la compra de la fuerza de trabajo en el mercado de mercancías. No se opera en la circulación, pues este proceso no hace más que iniciar el proceso de valorización, cuyo centro reside en la órbita de la producción. Y así, todo marcha “pour le mieux dans le meilleur des mondes possibles”.

Y podemos completar sus reflexiones con lo que expone en el capítulo XXIII donde expone lo que denomina la Ley General de la Acumulación capitalista:

Según esta Ley, el incremento en la producción puede tener dos consecuencias:

  1. Que se mantenga la relación entre el coste del trabajo con el resto de los medios empleados. ( maquinaria, materia prima, impuestos y capital, básicamente, aclaro yo), es decir, incrementando el número de trabajadores y
  2. Que se produzca la incorporación de nueva maquinaria o nuevos sistemas de producción que incrementen la productividad sin aumentar el número de trabajadores, o incrementándolo en menor porcentaje.

Además reconoce que en cualquiera de los dos casos puede ocurrir un incremento en la retribución por hora trabajada como consecuencia (él no lo reconoce así aunque lo deja entrever) de la ley de la oferta y la demanda en el ámbito de las relaciones laborales.

En el primer supuesto certifica que resulta un incremento del número de trabajadores y un incremento de su calidad de vida. Dice textualmente:

…, la esfera de explotación y dominación del capital se limita a expandirse junto a las dimensiones de éste y el número de sus súbditos. Del propio plusproducto creciente de éstos, crecientemente transformado en pluscapital, fluye hacia ellos una parte mayor bajo la forma de medios de pago, de manera que pueden ampliar el círculo de sus disfrutes, dotar mejor su fondo de consumo de vestimenta, mobiliario, etc., y formar un pequeño fondo de reserva en dinero.

Su crítica más importante se dirige a la segunda consecuencia. Al respecto dice lo siguiente:

El incremento en la masa delos medios de producción, comparada con la masa de fuerza de trabajo que la pone en actividad, se refleja en el aumento que experimenta la parte constitutiva constante del valor de capital a expensas de su parte constitutiva variable.

El motivo es simplemente que con la productividad creciente del trabajo no sólo aumenta el volumen de los medios de producción consumidos por el mismo, sino que el valor de éstos, en proporción a su volumen, disminuye. Su valor, pues, aumenta en términos absolutos, pero no en proporción a su volumen. El incremento de la diferencia entre capital constante y capital variable, pues, es mucho menor que el de la diferencia entre la masa de los medios de producción en que se convierte el capital constante y la masa de fuerza de trabajo en que se convierte el capital variable. La primera diferencia se incrementa con la segunda, pero en menor grado.

Aprovecha para establecer otro principio, que hace referencia a que la fuerza del trabajo siempre se cobra por atrasado (en nuestros tiempos en la nómina mensual, y en algún caso en las pagas extraordinarias):

La ley de la producción capitalista sobre la que descansa esa pretendida "ley natural de la población" se reduce sencillamente a esto: la relación entre el capital, la acumulación y la cuota de salarios no es más que la relación entre el trabajo no retribuido, convertido en capital, y el trabajo remanente indispensable para los manejos del capital adicional. No es, por tanto, ni mucho menos, la relación entre dos magnitudes independientes la una de la otra: de una parte, la magnitud del capital y de otra la cifra de la población obrera; es más bien, en última instancia, pura y simplemente, la relación entre el trabajo no retribuido y el trabajo pagado de la misma población obrera.

Hace también una aportación que siendo cierta no deja de ser discutible:

Ahora, las mercancías se venden, no para comprar con su producto otras, sino para sustituir la forma mercancía por la forma dinero. De simple agente mediador del metabolismo, este cambio de forma se convierte en fin supremo. La forma enajenada de la mercancía tropieza con un obstáculo que le impide funcionar como su forma absolutamente enajenable, como su forma dinero, llamada constantemente a desaparecer. El dinero se petrifica,  convirtiéndose en tesoro, y el vendedor de mercancías en atesorador.

Está ampliando la Ley de Say que se viene interpretando de dos formas:

  1. Que no puede haber demanda sin oferta. O dicho de otra forma toda oferta genera su propia demanda, y
  2. Que la oferta de un determinado producto genera la demanda de otros productos.

Marx entiende que el dinero puede convertirse en un producto en sí mismo y ser objeto del deseo de ser atesorado.

En relación a lo que aquí nos interesa termina diciendo lo siguiente:

La reversión constante de plusvalía a capital adopta la forma de un aumento de volumen del capital invertido en el proceso de producción. A su vez, este aumento funciona como base para ampliar la escala de la producción y los métodos a ésta inherentes de reforzamiento de la fuerza productiva del trabajo y de producción acelerada de plusvalía. Así, pues, aunque el régimen de producción específicamente capitalista presuponga cierto grado de acumulación de capital, este régimen, una vez instaurado, contribuye de rechazo a acelerar la acumulación. Por tanto, con la acumulación de capital se desarrolla el régimen específicamente capitalista de producción, y el régimen específicamente capitalista de producción impulsa la acumulación de capital. Estos dos factores económicos determinan, por la relación compleja del impulso que mutuamente se imprimen, ese cambio que se opera en la composición técnica del capital y que hace que el capital variable vaya reduciéndose continuamente a medida que aumenta el capital constante. (el capital variable incluye los costes de personal mientras que el constante no lo hace).

En breve resumen:

Marx entiende que:

  1. El único interés por el que actúa el propietario del capital es por obtener la plusvalía, entendiendo ésta como la diferencia entre el coste de los medios de producción y el precio de venta del producto terminado.
  2. Como el coste de las instalaciones, la materia prima y la maquinaria se pueden considerar fijos, la estrategia del capitalista pasa por optimizar su inversión en mano de obra haciéndola producir más en el mismo periodo de tiempo.
  3. Además retrasa la retribución del trabajo y utiliza ese dinero como capital de su empresa.
  4. El resultado de este sistema de cosas no puede ser otro que la incesante acumulación de capital que se refuerza la esfera de dominio y explotación del capital.

Tiene varios errores que resultan evidentes y por eso sus teorías han fracasado. En tiempos tempranos, Lenin comprendió la importancia de los mismos y los obvió en su obra “El Imperialismo. Fase superior del capitalismo”, en la que se limita a constatar que la acumulación de capital da origen, por medio de factores que explica detalladamente, a los monopolios. Los errores más evidentes de Marx son los siguientes:

  1. Dado que el capital es consecuencia del ahorro y éste es consecuencia de la renuncia a consumir los ingresos. Marx entiende que solo ahorran los capitalistas mientras que los trabajadores dedican todos sus ingresos a consumir, de esta forma es como obtienen el capital inicial. De la misma forma renuncian a consumir todos los beneficios que les reporta su empresa y destinan una parte de los mismos a aumentar su capital. Si así fuera no existiría la clase media con sus importantes ahorros invertidos en acciones.
  2. En su concepto de plusvalía olvida el lucro cesante. Si las personas no dedicaran sus ingresos a la formación de un capital podrían gastarlas en productos que les reportaran algún beneficio, como instalar un sistema de calefacción en su domicilio. Renunciar a estos beneficios tiene que conllevar una recompensa de, al menos, su mismo valor expresado en términos económicos.
  3. En su concepto de “lucha de clases”, y en general en toda su obra, olvida la ley de la oferta y la demanda que es la que fija los precios de mercado y que esta misma ley afecta al precio del trabajo. El salario por día trabajado depende del número de personas con la formación necesaria y dispuestas a realizar el mismo. Por ese motivo es muy distinto el salario de un peón de albañil y el de un ingeniero aeronáutico.
  4. Finalmente, y siguiendo con la anterior reflexión, olvida mencionar los principios de la Ley de Say.

Y aquí lo dejamos para no extender más el rollo.

viernes, 25 de abril de 2014

La política económica (3/3)


XIII. LA POLÍTICA ECONÓMICA

Tercera parte

 

El Intervencionismo

                                                                               

Ludwig von Mises en su artículo “El fundamento económico de la libertad” publicado en 1960 en The Freeman decía lo siguiente:

“El fundamento económico de este sistema burgués es la economía de mercado, en la cual el consumidor es soberano. El consumidor, es decir, todos nosotros, determina por medio de su compra o su abstención de compra lo que debe producirse, en qué cantidad, y de qué calidad. Los empresarios están obligados, por la instrumentalidad de las ganancias y las pérdidas, a obedecer las órdenes de los consumidores. Sólo pueden florecer aquellas empresas que ofertan en la mejor manera posible, y de la forma más barata, aquellos bienes o servicios que los compradores están más deseosos de adquirir. Quienes fracasan en satisfacer al público sufren pérdidas y finalmente son obligados a cerrar sus negocios”.

Recordemos que Mises es el principal teórico del liberalismo.

Sin embargo, para que se produzca la relación causa-efecto predicha por Mises debe existir el libre mercado. Si el mercado no es absolutamente libre las consecuencias no pueden ser previstas. Ya hemos comentado que al fijar los tipos de interés los Bancos Centrales, no dejando que sea el libre mercado quien los fije, ya se está coartando la libertad de mercado, pero aunque no fuera así tampoco podemos hablar de verdadera libertad de mercado porque las distintas empresas no cuentan con la misma información para tomar sus decisiones: las empresas más poderosas económicamente pueden contratar unos estudios de mercado sobre los que basar sus decisiones empresariales, opción con la que no cuentan las más débiles. La competencia entre ambas nunca puede ser en condiciones de igualdad. Pero, incluso si obviamos este dato, tenemos que la normativa internacional en materias como la protección del medio ambiente o la legislación laboral es muy diversa, originando distintas condiciones de competencia a las empresas de dichos países con respecto al resto. Esto es especialmente importante con la creciente liberalización de los mercados al comercio internacional.

En virtud de estas reflexiones es por lo que la economía mundial, en términos generales, no está absolutamente planificada ni es absolutamente libre: está intervenida en mayor o menor grado por los distintos gobiernos. Uno de los principales motivos es que la protección del mercado doméstico es innecesaria para los países exportadores de maquinaria o de capital,  porque en un sistema de libre comercio venderán más al extranjero de lo que le comprarán. En cambio los países productores de alimentos y materias primas tienen mucho que perder en esas circunstancias debido a la diferencia de precios entre la maquinaria que necesitan importar y los productos que pueden vender: les convendría proteger su propio mercado y fomentar la producción de esa maquinaria dentro de sus fronteras.

De un lado, proteger a las industrias nacionales contra la competencia extranjera genera una tendencia imparable hacia la creación de oligopolios o hacia los monopolios si la ley se lo permite. Esto sería exactamente lo contrario de la libre competencia. Y de otro lado, los acuerdos firmados por los Estados en la Organización Mundial del Comercio han generado que las empresas hayan trasladado sus factorías a países que les aseguran costes muy inferiores tanto en mano de obra como en impuestos o en protección medioambiental. El paro y la desaceleración económica en unos países con la mejora de las condiciones de vida en otros es consecuencia directa de la libre circulación de mercancías y capitales.

Se establece, pues, la necesidad de los distintos Estados de combinar planificación y mercado para defender las condiciones de vida de sus ciudadanos. Hay una forma evidente de realizar la intervención del Estado en la economía del país: aumentar la oferta de dinero disponible para el uso y que después asegure este uso. Se establecieron dos teorías:

  1. La monetarista, teorizada por Milton Friedman en su obra Capitalismo y libertad, que establece que, dado que el Estado puede, teniendo en cuenta el crédito, emitir casi libremente moneda, se puede conseguir la estabilidad económica (y la inflación) controlando el volumen en circulación de la moneda, y
  2. La keynesiana, teorizada por John Maynard Keynes en su obra Teoría general del empleo, el interés y el dinero, que propone que el Estado emita Deuda Pública (que se endeude, para entendernos) y con ese dinero financie obras públicas para lograr el pleno empleo, lo que generará un mayor consumo y, en consecuencia, una mayor recaudación de impuestos con los que se cancelará la deuda inicial asumida. También entiende como asumible un incremento de la inflación que hará que la deuda  inicial sea menor en términos reales.

La teoría keynesiana sufrió un duro revés con la crisis del petróleo de 1979 ya que ésta generó que se importara inflación por la subida de los costes del petróleo importado al mismo tiempo que se mantenía un alto índice de desempleo, lo que, en virtud de esta teoría, sería incompatible. Sin entrar en detalles baste decir que la mejora en el nivel de vida de los ciudadanos de un país abierto al comercio internacional puede que no beneficie a las empresas de dicho país sino a las extranjeras; por este motivo el retorno en forma de impuestos puede que no se dé.

La teoría monetarista, con ciertos retoques, es la que se aplica en todo el mundo. Con el control del volumen de la moneda se controlan los tipos de interés y el tipo de cambio de dicha moneda, lo que permite a las empresas nacionales competir en el mercado internacional.

Desde la formulación de las teorías expuestas: marxista, liberal, keynesiana y monetarista han pasado muchos años y se ha popularizado el ordenador y el compartir datos del volumen de comercio internacional. También han aparecido nuevos instrumentos financieros, como los llamados derivados financieros, que hacen que los países ricos no necesiten tener las industrias dentro de sus fronteras y obtengan su riqueza con las inversiones financieras.

El resultado de los estudios de estos años viene a ser reflejado en la obra de los economistas Michael Porter (La ventaja competitiva de las Naciones), Joseph Stiglitz (El precio de la desigualdad)  y Ha-Joon Chang (23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo), pero la base de las obras citadas sigue estando en los textos anteriormente citados, del mismo modo que éstos se basan en la obra de David Ricardo, Principios de economía política y tributación.

lunes, 21 de abril de 2014

La Política Económica (2/3)


XII. LA POLÍTICA ECONÓMICA

Segunda Parte

 

EL LIBERALISMO

La obra de Carlos Marx, “El Capital” (tres tomos, el primero de 513 páginas, el segundo con 439 y el tercero con 540 páginas), es ciertamente dura de leer y difícil de entender para un profano a causa de su continua mención a estadísticas de las empresas alemanas e inglesas de su época así como su exceso de notas a pie de página. Pero la obra de Mises (Teoría del dinero y el crédito) pese a tener solo 490 páginas por su estilo de redacción, en ocasiones un tanto pedante, del tipo “Un escritor identifica la teoría metalista con el Currency Principle, y llama teoría cartal a una variedad del antiguo Banking Principle.”, es aún más difícil de entender, cosa curiosa porque su objetivo era desarrollar la teoría del valor del dinero desarrollada por Carl Menger (fundador de la llamada Escuela Austriaca de Economía) en su obra “Principios de Economía Pública” de tan solo 255 páginas.

Por este motivo, se suele mencionar como origen del liberalismo a Friedrich Hayek y como obras de referencia “Beneficios, interés e inversión” y “Teoría pura del capital” en las que desarrolla de una forma más amena las teorías de Mises. (personalmente prefiero “Camino de servidumbre” de 291 páginas)

Su principio recurrente es que el individuo es anterior a la comunidad, que es creación suya, por lo que si los fines de ésta fueran superiores a los de los individuos, entonces solo los individuos que trabajen para esos mismos fines comunitarios podrán ser considerados como miembros de la comunidad. Su valor se derivará de esta membrecía y no de su calidad de ser humano. La expresión “el fin justifica los medios” es un principio que, en la ética individualista, significa la negación de la moral pero que en la ética colectivista representa la ley suprema. En su opinión el principio fundamental del liberalismo es “que para el ordenamiento de nuestros asuntos debemos hacer tanto uso como sea posible de las fuerzas espontaneas de la sociedad, y recurrir tan poco como sea posible a la coerción, es capaz de infinitas variaciones”. Y empieza negando la mayor: 

“La supuesta causa tecnológica del crecimiento de los monopolios es la superioridad de la empresa grande sobre la pequeña, debido a la superior eficiencia de los métodos modernos de producción en masa. Sin embargo, la superioridad de la gran empresa no ha sido demostrada nunca. Frecuentemente, los monopolios son producto de otros factores como los acuerdos secretos o una deliberada política gubernamental. No constituyen ninguna tendencia "necesaria" del capitalismo. Si así fuera, hubieran aparecido primero en los países de capitalismo más desarrollado. Pero no fue así.”

“El pensamiento liberal no es defensor de ningún status quo. Considera sencillamente que la mejor manera de coordinar los esfuerzos humanos es mediante la competencia. Pero para que la competencia pueda funcionar exitosamente hay que crear un marco legal bien  reflexionado. La competencia es el único método mediante el que podemos coordinar  nuestras actividades sin la intervención arbitraria de alguna autoridad. Por supuesto, el mantenimiento de la competencia es perfectamente compatible con la prohibición de usar substancias tóxicas, la limitación de las horas de trabajo o la exigencia de ciertas condiciones sanitarias. En ese sentido, el único problema es determinar si las ventajas que se consiguen son mayores que los costos sociales que imponen.

Obviamente, el funcionamiento de la competencia requiere, y depende, de condiciones que nunca pueden ser totalmente garantizadas por la empresa privada. La intervención estatal siempre es necesaria pero la planificación y la competencia sólo pueden combinarse cuando se planifica para la competencia, no en contra de ella.”

Las ideas liberales llevadas al extremo exigen, como hemos visto, que la intervención del Estado en los asuntos económicos tenga un efecto neutro sobre los mismos sin beneficiar a ninguno de los intervinientes y dejando que sea el mercado quien fije las condiciones y los precios. Por tanto, y en primer lugar, no debería fijar los tipos de interés ya que éstos representan una importante información sobre la conveniencia o no de cualquier inversión empresarial y la remuneración de ésta debe estar ligada a los riesgos de la misma. Si beneficiamos al comprador o al vendedor mediante la fijación de los tipos de interés estaremos falseando la información ofrecida por el mercado y generando nuevas burbujas financieras que acabarán explotando en forma de crisis.

Es una teoría acorde con la filosofía judeo-cristiana por lo que se adapta perfectamente a nuestro planteamiento cultural.

No obstante, dejando aparte la dificultad en conseguir un mercado verdaderamente libre de las influencias de los monopolios, tiene un punto débil en su concepción del dinero: para los teóricos liberales el dinero es sencillamente algo que sirve para cambiar por productos, e incluso para invertir, pero no lo consideran en sí como un producto que puede ser almacenado y su volumen controlado por las fuerzas dominantes de la sociedad, de forma que cuando consideren el riesgo en invertir demasiado elevado (puede ser porque prevean una deflación), el dinero abandona sencillamente el mercado dando lugar a una crisis económica que no necesariamente debe estar originada por una información errónea.

Más que una teoría económica, el Liberalismo aspira a construir un determinado tipo de sociedad (lo que, por otra parte, también desea el marxismo).

Política Económica (1/3)


XI. LA POLÍTICA ECONÓMICA

Primera parte

 

 

La planificación económica es una ciencia y, como tal, a un determinado acto le corresponde una consecuencia, siempre la misma. Si los políticos no son capaces de acertar con las medidas económicas adoptadas es porque parten de un análisis deficiente de la situación real, se equivocan en las metas que desean alcanzar o, sencillamente, no tienen conocimientos de economía. Acierten o se equivoquen en las recetas que aplican lo cierto es que resulta indispensable que el Estado se preocupe por mejorar la situación económica de sus ciudadanos aunque solo sea porque la seguridad económica es una condición indispensable para la verdadera libertad.

Mientras que, como hemos visto al tratar los sistemas de gobierno, la organización social tiene tres posibles soluciones: Monarquía (en su concepto de absolutismo), aristocracia (el gobierno de una élite) o democracia (el gobierno del pueblo), también en política económica existen tres posibles alternativas: marxismo (economía planificada), liberalismo (mínima intromisión del Estado) y un corpus intermedio que propugna la intervención del Estado mediante inversiones públicas y emisión de leyes en apoyo de la actividad económica manteniendo el esquema capitalista de la empresa privada. La primera de ellas, marxismo, parte de las ideas expresadas por Carlos Marx en su obra “El Capital”. La segunda, liberalismo, de las ideas de Ludwig von Mises en su obra “La teoría del dinero y el crédito” y la tercera opción se apoya en las ideas vertidas por John Maynard Keynes en su obra “Teoría general del empleo, el interés y el dinero”.

Es curioso contemplar que las tres obras (y las respectivas ideologías que configuraron) parten de la constatación de la existencia de ciclos en la economía mundial y aporten cada uno de sus autores sus propias recetas para evitar o minimizar sus consecuencias. También es llamativo que todos ellos consideren el origen de los males económicos la existencia de los monopolios.

Las ideas marxistas se encuentran en franco retroceso en todo el mundo pese al interés de algunos economistas de renombre por resucitarlas. Y han perdido su importancia porque parten de un principio erróneo y una receta incongruente: el concepto de plusvalía y proponer la lucha contra los monopolios mediante la creación de un nuevo monopolio con carácter estatal.

Las ideas liberales, en realidad deberíamos llamarlas neo-liberales, propugnan el libre mercado sin intervención del Estado en los mecanismos de fijación de precios. Llevado al extremo significa que los Bancos Centrales no debería fijar el tipo de interés, puesto que representa el precio del dinero, y tampoco debería existir el salario mínimo ya que el precio del trabajo debe ser fijado por el mercado mediante la ley de la oferta y la demanda.

Las ideas keynesianas demostraron ser útiles en economías cerradas pero se demostraron ineficaces con la liberalización mundial de los mercados y fracasaron en las circunstancias de crecimiento de los precios generado por las llamadas crisis del petróleo de 1973 y 1979 a las que no fue capaz de ofrecer una solución. Hoy algunos economistas llamados neo-keynesianos como Paul Krugman o Michael Porter han adaptado sus ideas a la nueva situación mundial.

Pero que sus propuestas no sean todo lo exactas que sería de desear no significa que las consecuencias que establecen en sus obras no sean reales.

EL MARXISMO

Carlos Marx establece en su obra que las personas de posición independiente deben su fortuna casi exclusivamente al trabajo de otros. Lo que conviene a los pobres no es una situación abyecta o servil, sino una relación de dependencia aliviada y liberal y a los propietarios influencia y autoridad suficientes sobre los que [...] trabajan para ellos. Con esta definición establece la diferencia de clases y la lucha permanente entre ellas.

De este concepto inicial entiende que los empresarios utilizan sus beneficios (a los que llama la plusvalía) en invertir más dinero en la empresa para capitalizarla y denomina a este proceder la concentración de capital que genera, en su opinión, una dependencia más intensa del trabajador a medida que se acrecienta el capital. “Del propio beneficio creciente de las empresas, crecientemente transformado en capital, fluye hacia los trabajadores una parte mayor bajo la forma de medios de pago, de manera que pueden ampliar el círculo de sus disfrutes, dotar mejor su fondo de consumo de vestimenta, mobiliario, etc., y formar un pequeño fondo de reserva en dinero. Pero así como la mejora en la vestimenta, en la alimentación y el trato, o un peculio mayor, no abolían la relación de dependencia y la explotación del esclavo, tampoco las suprimen en el caso del asalariado. El aumento en el precio del trabajo, aumento debido a la acumulación del capital, sólo denota, en realidad, que el volumen y el peso de las cadenas de oro que el asalariado se ha forjado ya para sí mismo permiten tenerlas menos tirantes.”

Este concepto de concentración de capital es tratado posteriormente con más fortuna por Lenin en su obra “El imperialismo, fase superior del capitalismo”. En ella analiza la existencia de lo que hoy se llaman Corporaciones y que se corresponden con la reunión en una sola empresa de distintas ramas de la industria que representan en sí o bien fases sucesivas de la elaboración de una materia prima y pone como ejemplo la fundición del mineral de hierro, la transformación del hierro en acero y la elaboración de tales o cuales productos de acero. Les reconoce el aspecto positivo de garantizar un beneficio más estable, hacer posible el perfeccionamiento técnico y, por consiguiente, la obtención de ganancias suplementarias en relación con las empresas no combinadas y, finalmente, reforzarlas en la lucha con la competencia durante las depresiones, cuando el precio de la materia prima va a la zaga con respecto a la disminución de los precios de los artículos manufacturados. Como aspecto negativo que las empresas van ganando en importancia cada día; cada vez es mayor el número de establecimientos que se agrupan en empresas gigantescas que suelen estar defendidas por derechos arancelarios proteccionistas. Esta tendencia a la agrupación trae aparejada la tendencia al monopolio. Por una parte, la concentración ha determinado el empleo de enormes sumas de capital en las empresas, por eso las nuevas empresas se hallan ante exigencias cada vez más elevadas en lo que concierne a la cuantía del capital necesario y esta circunstancia dificulta su aparición.

Algo así había querido demostrar Marx en su obra al referir que la libre concurrencia (el libre mercado) engendra la concentración de la producción y que dicha concentración conduce al monopolio como ley general y fundamental. Los oligopolios se ponen de acuerdo entre sí respecto a las condiciones de venta, a los plazos de pago, etc. Se reparten los mercados de venta. Establecen los precios, etc. Su ventaja sobre los competidores se basa en las grandes proporciones de sus empresas y en su excelente instalación técnica. De esta forma la competencia se convierte en monopolio, del que resulta un gigantesco progreso de la socialización de la producción. Se efectúa también, en particular, la socialización del proceso de inventos y perfeccionamientos técnicos. La producción pasa a ser social, pero la apropiación continúa siendo privada. Los medios sociales de producción siguen siendo propiedad privada de un número reducido de individuos. La actividad comercial pierde peso a favor de una actividad organizadora especulativa. De esta forma no es el comerciante quien consigue los mayores éxitos sino el especulador que por anticipado sabe tener en cuenta o intuir el desenvolvimiento en el terreno de la organización y la posibilidad de determinados lazos entre las diferentes empresas y los bancos.

Nuestra sociedad moderna, en la cual sólo unos pocos poseen los medios de producción, hallándose necesariamente en equilibrio inestable, tiende a alcanzar una condición de equilibrio estable mediante la implantación del trabajo obligatorio, legalmente exigible a los que no poseen los medios de producción, para beneficio de los que los poseen. Con este principio de compulsión aplicado contra los desposeídos, tiene que producirse también una diferencia en su estatus; y a los ojos de la sociedad y de la ley positiva, los hombres serán divididos en dos clases: la primera, económica y políticamente libre, en posesión, ratificada y garantizada, de los medios de producción; la segunda, sin libertad económica ni política, pero a la cual, por su misma falta de libertad, se le asegurará al principio la satisfacción de ciertas necesidades vitales y un nivel mínimo de bienestar, debajo del cual no caerán sus miembros.

La solución propuesta por el marxismo pasa por la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y la creación de un sistema de economía planificada en la que un organismo de planificación central sustituye a los empresarios que trabajan por un beneficio.

Antes de continuar adelante conviene aclarar que actualmente no se suele aplicar el concepto de plusvalía a los beneficios empresariales, sino a aquellos originados por un incremento de la productividad y que no se comparten con los asalariados, bien sea por beneficiarse de la producción a escala, por nuevos sistemas organizativos o por cualquier otra circunstancia. La definición de Marx conlleva en contrasentido de que las empresas cada vez más capitalizadas deben producir más artículos para mantener el nivel de beneficios, mientras que sus trabajadores, que son los que deberían comprar esos productos, cada vez serían más pobres.

Las teorías marxistas tienen como piedra angular la justicia distributiva: alguien debe determinar qué se entiende por una distribución más justa.

 Para conseguir este ideal de justicia, el Estado debe hacerse cargo de la tarea de planificar toda la vida social, otorgando plenos poderes a una Junta Central de Planificación para intervenir en asuntos económicos elaborando un plan central que determine todo lo que se debe producir ,  y además teniendo que decidir qué recursos se van a asignar a qué problemas. Esto significa el monopolio del Estado sobre la actividad económica. Crear un monopolio para combatir las arbitrariedades de los monopolios.

Si damos por supuesto que una persona debe recibir una remuneración que no está relacionada con su utilidad a los demás miembros de la sociedad, como hace el mercado libre, entonces tendría que ser un grupo de personas los que determinaran la “utilidad” de la gente y no tendrían medios para hacerlo subjetivamente. Se desalentaría toda actividad que implique riesgo y se censurarán las ganancias que justifican tomar esos riesgos. No sería la independencia sino la seguridad lo que daría status social y el prestigio no estaría determinado por el ímpetu empresarial sino por la certidumbre de una pensión.

La libertad de contratación reside precisamente en dejar que el salario, como los demás factores de la producción, sea establecido por la oferta y la demanda, sin que esto signifique que el Estado no pueda imponer unos ingresos mínimos para sus ciudadanos en las condiciones que considere más adecuadas.

Los llamados “derechos” deben ser siempre contrapuestos con los “deberes”. Así por ejemplo existe un mandato constitucional que reconoce el “derecho al trabajo” pero es insustancial porque no recoge quién tiene la obligación de emplear. Del mismo modo cuando en la Declaración Universal de los Derechos Humanos se reconoce el anteriormente señalado “derecho a una retribución equitativa y satisfactoria” sin especificar quién, si no es el mercado, determina lo que es “equitativo” y “satisfactorio”.

domingo, 13 de abril de 2014

LA OPERACIÓN OGRO


X. LA OPERACIÓN OGRO

 

 

“Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla” – Marco Tulio Cicerón

 

 

El 20 de Diciembre de 1973 se cometió en España un atentado que cambió radicalmente el devenir de su historia. Se trató del asesinato del Presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco.

Con independencia de las virtudes y defectos personales de Carrero Blanco, los efectos del atentado se hicieron sentir en las prioridades manifestadas por sus sucesores en cuanto a la política española tanto de índole social como económica. Las anteriores prioridades de recomponer la economía y mejorar la calidad de vida de los españoles dieron paso a las de conseguir la integración en la Comunidad Económica Europea y garantizar los derechos humanos.

En 1939, al finalizar la Guerra Civil, el país se encuentra sin reservas de oro y divisas, con un gran deterioro en las infraestructuras y una pérdida significativa del número de trabajadores que se traducen en un descenso del 30% en la producción industrial y de un 20% en la producción agrícola. En España se pasó hambre, literalmente.

Además, la actuación de las guerrillas antifranquistas (conocidas como maquis) obligó a dedicar recursos a mantener la represión de las mismas. La implantación geográfica de las mismas fue extensa: La Federación de Guerrillas de León-Galicia actuaba en la Cornisa Cantábrica entre el Océano Atlántico y Santander. El Ejército Guerrillero de la Zona Centro actuaba en Extremadura, Toledo, Ciudad Real y Sierra Morena. La Agrupación de Levante y Aragón actuó en la zona comprendida entre el sur de Teruel, interior de Castellón y el norte de Cuenca. La actuación más importante de las guerrillas fue la invasión del Valle de Arán por un número  de entre 4.000 y 7.000 guerrilleros equipados por Francia con armamento pesado que mantuvieron sus posiciones durante nueve días contra el ejército español.

Por si la situación no fuera suficientemente preocupante, la Asamblea General de la ONU aprobaba el 14 de Diciembre de 1946 una resolución por la que se condenaba a España al aislamiento internacional con la práctica ruptura de relaciones diplomáticas con todos los demás países.

Las destrucciones materiales causadas por la guerra se vieron agravadas por la equivocada política económica de las autoridades franquistas que decidieron poner en práctica la autarquía económica. Se trataba de una política que pretendía que el país fuera autosuficiente económicamente, sin necesidad de depender del exterior a fin de mantener una hipotética independencia nacional. Consecuencia de esta política fue la creación del Instituto Nacional de Industria (INI) que creó numerosas empresas públicas en sectores estratégicos como el energético (ENDESA), siderúrgico (ENSIDESA), construcción naval (BAZÁN), transporte (ENASA, SEAT, CASA, ENASA), refinerías (Puertollano), transporte aéreo (IBERIA, AVIACO). Estas empresas recibían una constante ayuda estatal que generaba un enorme gasto público. Debido a la falta de divisas y de impuestos directos, el Estado financiaba este enorme gasto público con la emisión de Deuda Pública, lo que originó una significativa inflación.

Al terminarse la actividad de los maquis en torno a 1950 y con la evidencia de que la política autárquica derrochaba los recursos y solo beneficiaba a una minoría en tanto que no satisfacía las necesidades básicas de la población se concluye el periodo de los gobiernos militares en España, pasando a dirigir el gobierno desde el mes de Julio de 1951 una coalición formada por falangistas, militares, vaticanistas y monárquicos que impulsa una cierta liberalización económica, con el fin del racionamiento en 1952, el control de la inflación e impulsa la concentración parcelaria.

En Abril de 1953 se firma el Concordato con la Santa Sede y en Septiembre del mismo año se firma el Convenio hispano-norteamericano. Es el fin del aislamiento internacional. En Diciembre de 1955 España es admitida en la ONU.

A consecuencia de las nuevas circunstancias políticas, en 1957 se nombra un nuevo gobierno en el que tienen control los tecnócratas ligados al Opus Dei que aprueban en 1959 el Plan de Estabilización que liberalizó la economía para atraer capital extranjero, devaluando la peseta y favoreciendo la entrada de turistas con un continuo crecimiento en su número que duró hasta 1973. Se da paso así al desarrollo económico de los años sesenta. Lamentablemente, la dureza del Plan de Estabilización supuso la emigración de unos dos millones de españoles en los años siguientes. En los años 60 y principios de los 70, el desarrollismo económico mejoró de forma notable, aunque desigual, el nivel de vida de la mayoría de la población, que formó una clase media hasta entonces casi inexistente. El nivel de libertad personal y política no aumentó del mismo modo. Empezaron las movilizaciones de oposición a la dictadura por parte de trabajadores y estudiantes.

Paralelamente, este gobierno comienza una tímida apertura política permitiendo la presencia de los partidos políticos de cuadros que, por otra parte, nunca habían desaparecido del todo pese a la existencia del Partido Único denominado Movimiento Nacional en el que tenían cabida los Falangistas (republicanos), los Carlistas (monárquicos tradicionalistas), los demócrata-cristianos o los monárquicos borbónicos. Aparecen en los llamados Círculos Literarios y aunque no pueden presentarse como tal partido a las elecciones, si se hace pública la adscripción de cada candidato. Obviamente los partidos de masas que se habían opuesto al Alzamiento Nacional que originó la Guerra Civil estaban seriamente reprimidos.

El sistema político se denominaba “democracia orgánica”, según la cual los derechos individuales deben estar supeditados a los derechos de los organismos como la familia o el sindicato. Por ese motivo solo tenían derecho al voto los representantes de las familias (los cabezas de familia) y los afiliados al Sindicato Vertical de Obreros y Empresarios (todos los trabajadores). De esta forma los organismos familia (donde se nace) y sindicato (donde se trabaja) eligen a los gobernantes del tercer pilar básico de la sociedad: el municipio (donde se vive). Las familias elegían un tercio de los concejales, el sindicato elegía otro tercio y, reunidos los concejales electos, elegían conjuntamente al tercio restante. También eligen a los Procuradores en Cortes a partir de la Ley Orgánica del Estado de 1967 que añade a los 150 procuradores elegidos por el tercio sindical otros 102 a elegir por los cabezas de familia, manteniendo la competencia del Jefe del Estado para designar otros procuradores que se añadirían a los nombrados por los distintos municipios. Esta misma Ley introduce la separación entre la Jefatura del Estado y la Jefatura del Gobierno, aunque Franco sigue ostentando las dos con Luis Carrero Blanco como Vicepresidente.

En Junio de 1973 Carrero Blanco es nombrado Presidente del Gobierno y en Diciembre del mismo año es asesinado.